Aborrezco las palabras que no se sienten. Incluso cuando tengo que darlas en esos afanes de decir lo políticamente correcto. El resultado esperado es que todo siga su curso, que podamos ver otro día en nuestras seguridades, que el mundo no se trastoque de manera que, al andar caminos conocidos, tengamos el destino asegurado. Pero no. La verdad no desaparece ni esos malestares ni esos fantasmas, así poseamos la mayor habilidad de negar. Es como cerrar los ojos, con el acontecimiento en frente.
Todos quisiéramos que nuestro día a día fuera feliz y tranquilo. Sea cual sea nuestra actividad laboral, familiar u hobbie, esperamos poder encontrar en ellas satisfacción, respeto de parte de los demás y consideración por “nuestra” inclinación o gusto.
Defendemos a capa y espada esa posibilidad. La buscamos y enseñamos a nuestros hijos a hacerlo. Sea con un “haz lo que se te de la gana” o un “esfuérzate y lo lograras”, lo hacemos. Dos formas para un mismo resultado: que tengamos lo “nuestro”, que defendamos lo “nuestro”, que disfrutemos lo “nuestro”.
Se nos olvida que eso no puede ser posible en un mundo interconectado e interdependiente. Que, si quieres un día feliz, procura que el de al lado lo tenga. Así lo “suyo” sea distinto. Así sea diametralmente opuesto.
A la fecha que escribo esta columna se han destapado, nuevamente, actos de pleno y asqueroso racismo bajo el asesinato de George Floyd en Minnesota (Estados Unidos), y el de quien me llevó a escribir esto: Anderson Arboleda, en Puerto Tejada, Cauca, Colombia.
He estado leyendo el entre líneas de quienes han dado entrevistas o hecho manifiestos entre la comunidad afroamericana que ha salido a protestar a las calles en EEUU, y el mensaje general es ese, fuerte y claro: ¿quieres disfrutar de tus derechos? Pues respeta los nuestros. ¿Quieres un día feliz? Pues yo también, y si no lo tengo, tú tampoco lo tendrás.
En Colombia es muy triste escuchar cómo nos mentimos como sociedad diciendo que no hay racismo; que eso de la discriminación es una reacción de quienes quieren parecer víctimas, que cual desigualdad viven los negros si es que ellos se la buscan. Que qué tan bueno baila esa negra, pero que qué tan flojo es ese negro. Que como se ríe de bueno el negro, pero que no se le puede dar confianza a la negra. Y en ese forcejeo interno entre lo que sabemos está mal y lo que nos permite seguir adelante, no tomamos la decisión consciente de reconocer el problema para poderlo afrontar sin mientes.
En mi paso como Director por el Ministerio del Interior se creó el Observatorio contra la Discriminación Racial y el Racismo -OCDR, y tuve la oportunidad de escoger a Sandra de Las Lajas Torres, una mujer de calidades excelsas como la primera encargada del OCDR quien lo organizó y enrutó, y con base en sus estadísticas traigo una a colación que me parece del mayor interés, que se gráfica en la siguiente tabla:
Se puede observar como en la ciudad más interracial del país, Bogotá, y en las que siguen que tienen cifras importantes de población étnica es donde más casos de discriminación se reportan. Eso entre otras cosas, señala como la sociedad en sus estándares incita a discriminar, pero también como la voz de quienes son discriminados cada vez se hace más presente y más fuerte, gracias al reconocer sus derechos y su valía en la Colombia que construimos todos.
Pero falta. Falta que más se sumen a reconocer esos derechos, y mejor aún, duélale a quien le quiera doler, que más asuman lo que bien claro anotó en “La rebelión de los genes” mi tío abuelo Manuel Zapata Olivella, a quien Colombia este año le celebra los cien años de su natalicio, cuando escribió: La presencia africana no puede reducirse a un fenómeno marginal de nuestra historia. Su fecundidad inunda todas las arterias y nervios del nuevo hombre americano.
Algunos seguiremos soñando con un mundo en el que evolucionemos bajo la sentencia que reza “lo que es igual para todos no es ventaja para ninguno”, pero otros, cansados de recibir palo, de ser ignorados y despreciados, de ver crecer a sus hijos en desigualdad y caminar hacia un destino marginal, tal vez decidan bajo la revolución de los genes a la brava que abramos los ojos y nos demos cuenta que lo que teníamos nunca fue realmente solo nuestro.
BORIS F. ZAPATA ROMERO
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