2-09-21
Hoy decidí salir de casa algo más tarde de lo acostumbrado. Estaba absorto en mis pensamientos, organizando el día al que me enfrentaría, y un ruido, algo parecido a una “s” alargada, me trajo al presente para escudriñar de dónde venía el ruido. Era mi hijo jugando.
Sostenía en cada mano dos pedazos de plastilina, que había convertido en personaje de su juego, y recorrían algo frenéticos, haciendo o provocando, nunca lo sabré, ruidos como el que escuché. Su espacio de juego era tan idílico como su juego. Una pierna arriba y otra colgando de un viejo sofá en el que me apoltrono a leer, y los personajes recorrían sin parar el tablero de un juego de “escaleras”, que heredó sin fichas de su hermana mayor.
No hay palabras para describir la cascada de emociones que me embargó. Ternura tal vez fue la primera, lo segundo fue alegría, una dicha que iluminaría una ciudad, y seguido… lo seguido fue incertidumbre, vulnerabilidad.
Ese sentimiento lo detesto. No puede ser de otra forma, cuando tan joven te quitan a tu padre de manera violenta y te toca madurar a la fuerza, esa sensación de estar con tus miedos y tristezas ante el mundo es un lujo que no es permisible. De hecho, ahora que lo menciono, recuerdo que solo una semana larga después del asesinato de mi padre, me permitir llorar. Lastimosamente todo mi entorno estaba tan formal y discreto -no sé cómo más describirlo- en esa perdida, que nadie me dijo lo sano que hubiera sido que en ese entonces sacara la rabia, frustración, miedo y enorme, enorme, tristeza de haber perdido a quien me moldeó el alma.
Así que cada vez que siento que el mundo es imprevisible – “ancho y ajeno” como nos enseñó el escritor peruano Ciro Alegría -, me comporto como entonces, aplicando una dosis de lógica a todo, para evitar que aparezca la vulnerabilidad. Una racionalidad emocional que no sabía de donde me salía. Supongo que con los años lo descubrí, pues te das cuenta de que hay tanto en el mundo de irracional como de racional, que, hoy ya siendo un adulto, sé que me hago más fuerte en la medida que no oculto lo que siento, sino que lo gestiono: acepto lo que siento, miro atrás y reconozco su origen, lo medito, y lo hago mi amigo para así encontrar una salida efectiva al embrollo emocional, sin que eso paralice mi vida y mi constante búsqueda de sentirme feliz y tranquilo.
Por supuesto que estoy lejos de ser un monje tibetano. Pero realmente lo intento. No es nada fácil, en especial cuando el conflicto debe gestionarse con otra persona, y esta no se presta para hacerlo, en una sociedad donde nos criaron dándonos un “ramaso”, físico o verbal, si lloras o rezongas, así que debes tragarte la lengua y ahogarte en tu dolor.
Ahora bien, como ya deje establecido que no puedo dejar de ser inmensamente racional, me veo obligado a documentar el tema bajo eso que llaman “resiliencia”, que tiene su origen en resilio, un vocablo del latín que se puede traducir como “rebotar”, y que se usa para describir la capacidad de quienes resisten los infortunios y se restablecen sin resquicios de “malas vibras”; o sea, la capacidad que tienen algunas personas de, en cuanto a sus emociones, saltar o rebotar por sobre los conflictos y situaciones adversas, de manera que “aceptan esa adversidad y se enfrentan a ella, sin que sus estructuras mentales y sus relaciones resulten gravemente afectadas” (Marina, 2012).
Como todo lo que se somete a discusión en las ciencias sociales, en este caso de la sicología, presenta más de una vertiente, y para el caso, se divide entre quienes la catalogan – la resiliencia – como un rasgo del carácter, y quienes como uno del comportamiento.
La gran mayoría, en especial de quienes se consideran como yo resilientes, a esta altura sacaran pecho asumiendo que es algo de su carácter. Yo también lo llegue a considerar como una de mis fortalezas de carácter. Hay un par de amigos que,por ser conservadores, se burlan de mí, de claras raigambres liberales – que conste que no hablo de política, sino de posturas ideológicas -, pues nunca he ocultado mi admiración por hombres como Lincon o como Churchill, y hay una frase de este último, que reza “El éxito no es definitivo, el fracaso no es fatal; lo que cuenta es tener el coraje para continuar”. Que bien se siente tener ese coraje. Pero la verdad, no es mío, es de mis circunstancias.
Mi tocayo Boris Cyrulnik, es un neurólogo y psiquiatra que me ha ayudado a entender eso a través de la lectura y seguir sus charlas, entrevistas y conferencias; Boris, habla de “tutores de resiliencia” (Cyrulnik, 2003), indicando que un niño solo no puede adquirir la resiliencia, y con ella esacapacidad de resistencia y redención, pues depende de muchos factores ajenos a él mismo, que se encuentran en su entorno.
Ese es el punto al que quiero llegar, e invitarlos. Ese “carácter” del que por tanto tiempo hice gala, no fue sino el resultado de un padre que me invitó desde muy niño a ver el mundo como es, una gran mezcla de grises que pasan de tonalidad de un lado a otro sin líneas definitorias, de manera que no hay que juzgar a nadie; de una madre que me permitió descubrir que sale el sol después de cada noche, de manera que la espera de la luz debe ser en la fe; de una abuela que se desprendía de todo sin dificultad, con tal de ver a su familia feliz, que es lo único que importa; de una hermana que me profesaba amor y admiración sin límite, a pesar de mis limites, lo que me permitió crecer centrado – aplomado, dirían los abuelos – para dar ejemplo; de un hermano que me sigue dando lecciones de nobleza y entereza, y que me permite darme cuenta que por mucho que haya hecho o haga, el suelo no se deja de pisar; de quienes me quitaron a mi padre sin lograr nada a la hora de la verdad, mostrándome que los medios no justifican el fin; de tantas circunstancias, que no caben ni en mi memoria, mucho menos en este papel.
Por favor observen bien ese pequeño listado de mis “mentores de resiliencia” y sus enseñanzas, y confróntenlo con la siguiente enumeración que preparó el filósofo, ensayista y pedagogo Dr. José Antonio Marina Torres, en su Pediatr Integral, de lo que se necesita para facilitar un comportamiento resiliente: “sentimiento de maestría” (optimismo, eficacia personal, adaptabilidad), “sentimiento de vinculación” (confianza, apoyo social percibido, tolerancia), “reactividad emocional” (sensibilidad, recuperación) (Block, 1950, Prince-Embury, 2007), ecuanimidad, perseverancia, confianza en sí mismo, capacidad de dar sentido a las cosas, sentimiento de identidad única (Wagnild y Young, 1993).
Finalmente, de la mano del profesor Marina, quiero compartir estas características de una persona resiliente que expresan Maddi SR y compañía en The personality construct of hardiness – algo así como “La construcción de la personalidad resistente” -, donde anotan que la hay tres actitudes básicas: compromiso, como la creencia en que hay que implicarse en la resolución de los problemas; control, como la creencia en que hay que esforzarse en influir en los acontecimientos; y, reto, la creencia en que la vida tiene una faceta negativa y que hay que aprender de ella.
Sé que sacaron sus conclusiones. No hay manera de controlar el futuro, y evitar que nuestros hijos tengan tropiezos, así que hagan de sus hijos, y ojalá de ustedes mismos, seres que sepan que es inevitable sentir vulnerabilidad, y con ella tristeza, decepción, amargura, rabia, impotencia, pero que es de su potestad no dejar de perder el brillo, el equilibrio y la ganas de vivir. Sean sus mentores de resiliencia. Mientras, seguiré observando con una enorme sonrisa a mi hijo. Ya no siento intranquilidad.
BORIS F. ZAPATA ROMERO



