20-12-21
En algún momento de la vida, todos hemos tenido baches, situaciones que consideramos un problema superior a nuestras fuerzas y capacidades; así mismo, a todos nos han dicho, seguramente más de una vez, así es la vida, hay cosas que no se pueden componer, deje así, es muy difícil, es que no se puede.
Desde pequeños, nos enseñan que equivocarse y cometer errores es sinónimo de ser perdedor, de estar mal – en el sentido de ser deficiente-, y de eso se desprende la dificultad para muchas personas en aceptar que se equivocan, de muchos otros de la incapacidad para aprender del error, de quién sabe cuántos en proyectar la culpa -su culpa- en otros, y de tantos más de sentir desánimo ante las dificultades, hasta el punto de la frustración, incluso en ámbitos más allá del tema que generó ese sentimiento.
En su libro “Estrategias Didácticas Innovadoras. Recursos para la formación y el cambio”, Oscar Barrios y Saturnino de la Torre, expresan: “La consideración negativa del error es un indicador más del paradigma positivista. Siendo el éxito, la eficacia, el producto, el criterio desde el que se analiza el aprendizaje, resulta natural que todo elemento entorpecedor como es el error debe evitarse”.
Este contexto nos ha convertido en discapacitados emocionales, restándonos la necesidad que tenemos de la autoevaluación y el pensamiento crítico, de manera que el error pase a ser parte de nuestros aprendizajes, deje de ser un fracaso, y pase a ser una experiencia no exitosa; al fin y al cabo, bien lo decía Gastón Bachelard en “La formación del espíritu científico”, “no hay verdad sin error rectificado”.
Piense que tantas veces a usted, o usted a sus hijos, seres queridos, compañeros de trabajo o subalternos, después de haberse equivocado fue señalado, castigado e incluso apartado, pero en ningún momento se le dio la oportunidad de reflexionar sobre qué lo llevó a cometer la equivocación, a compartir con su entorno sobre las consecuencias de este, y analizar que otros caminos pudo haber tomado, de manera que pudiera extraer aprendizajes individuales y colectivos. Mientras reflexiona sobre eso, le dejo aquí una anécdota muy conocida de Thomas Alva Edison, cuando después de acertar en su intento número 1000, y pudo encender una bombilla al calentar con energía eléctrica el filamento de tungsteno, dijo: “No fracasé, porque descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”. Maravillosa lección.
Seguramente, más de uno dirá que como Edison sólo uno, sin percibir que el mundo está lleno de gente que no se detiene ante una experiencia no exitosa -no me imagino a Bolívar dejándonos a nuestra suerte, o a Mandela sin recitar “Invictus”-; este artículo no es para que hagamos culto al error, pero sí para que sin rendirnos, encontremos a través de la equivocación aprendizajes, y con ello el camino correcto de hacer las cosas.
A nivel emocional, es importante entender que sentirse agobiado por los problemas, las situaciones complicadas, y nuestras equivocaciones, es normal; decir lo contrario, sería negar la naturaleza de nuestras emociones, sin embargo, la falta de orientación en cómo manejar estas situaciones frente a nuestros hijos, nuestro equipo de trabajo, nuestra pareja, puede llevar a ese sentimiento de frustración, que logra que antes de luchar nos demos por vencidos, a que nos domine el enfado, la irritabilidad, el estrés y la ansiedad.
Si se es capaz de entender que es natural a veces sentirse de esa manera, se es capaz también de entender que ese sentimiento que agobia, y que lastimosamente a algunos los lleva a tomar decisiones en contra de su propia integridad o la de sus seres queridos -que no todas son físicas, pues muchas consisten en castigos psicológicos-, debe enfrentarse tanto en el nivel emocional como el resolutivo, quitándole así el poder negativo al problema que frustra, para pasar a aprovechar el aprendizaje de la experiencia no exitosa. La diferencia está, en que esta última nos invita a buscar nuevas formas de encender la bombilla.
Lo segundo en ese proceso, es comenzar a abordar una comunicación interna que no esté dominada por el pensamiento negativo, haciéndonos las preguntas adecuadas, que comienzan en fijar con claridad ¿Qué es lo que se realmente quiero para mi vida?, y cuestionarse si el estado actual permite llegar a lograr ese objetivo.
Si el objetivo planteado, le despierta sentimientos de felicidad y plenitud, mientras que lo actual es el agobio, la frustración y la ira, las preguntas que siguen son: ¿Qué prefieres sentir?, ¿Qué debes hacer para lograr el objetivo?, ¿Qué estás haciendo para lograr el objetivo?, ¿Qué sentimientos prefieres, mientras haces lo que corresponde para lograr el objetivo? Lo más seguro es que la respuesta a estas preguntas siempre será que se prefiere vivir en la alegría y no en la tristeza, en la posibilidad y no en la derrota, en el amor y no en el desapego.
Por supuesto, todo este cambio en la forma de percibir los errores y los problemas, para convertirlos en experiencias no exitosas, y de allí en partida para construir lo que realmente queremos, pasa por hacernos de nuevos hábitos, como el de monitorear lo que pensamos interiormente -que es un reflejo de nuestro estado emocional-, para lograr cambiar la forma como nos sentimos.
Si en el trabajo tengo la sensación que no me valoran, y me siento gran parte del día en mi silla a pensar y rumiar en que todos me miran mal, que todo me lo ven mal, seguramente los resultados laborales no van a ser los mejores, y ni qué decir del reflejo sobre el entorno personal; por el contrario, al hacer conciencia desde lo emocional y decidir actuar con resolución, logró identificar que estoy sumido en esos pensamientos y con ello darle la vuelta a mi estado emocional, pues ya sé que ese no es el camino que me permitirá lograr lo que quiero, así que comienzo a cantar, o me pongo a ver la foto de quien amo, o comienzo a visualizarme en lo que quiero, e inmediatamente al cambiar el chip, comenzó a sentirme mejor y enfocado, y por lo tanto comienzo a superar ese estado de automutilación, por otro en el que me retó a tomar acción para lograr mis sueños.
¡Y qué importante son los sueños, para quien está decidido alcanzar sus metas de vida! De eso nos enseña bien el imperio que es hoy día la organización Disney, a través de su gestor, el creador del ratón Mickey, Walt Disney, que contrario a dejarse derrotar cuando estuvo sin empleo, quebró su primera productora, o le robaron los derechos de su primer éxito, entre tantas otras experiencias no exitosas, nos dejó como lección esta frase: “Si puedes soñarlo puedes hacerlo. Recuerda siempre que todo esto empezó, con un sueño y un ratón”.
BORIS F. ZAPATA ROMERO



