Boris F. Zapata Romero

Empresa / Desarrollo / Comunidad

SEGURIDAD, TECNOLOGIA Y DESARROLLO

11-5-22

Uno de los aspectos relevantes en materia de productividad y competitividad es la seguridad. El hombre siempre ha necesitado a otros para poder desplegar sus capacidades; así fuera el más fuerte y hábil de los miembros de un grupo o clan, necesitaba que sus compañeros estuvieran atentos a los peligros que asechaban mientras él dirigía las labores de caza o recolección, así como él mismo estaba pendiente de proteger al grupo cuando se reunían a departir, descansar o comer.

El modelamiento de lo que ha evolucionado hasta lo que conocemos hoy como sociedad, pasó – y aún ocurre-, por la necesidad del individuo y su grupo cercano de sentirse seguro, de manera que cada individuo cedió parte de su libertad a alguien que lo protegiera; así nacen las diversas formas de gobierno, como una forma de evitar «la guerra de todos contra todos» (Bellum omnium contra omnes), a través de lo que Tomas Hobbes denominó «contrato social».

Gracias a la seguridad del colectivo, fueron creciendo los asentamientos de personas, y con ello la demanda de alimentos; de esta manera, la innovación más importante en esas etapas previas al comercio de los excedentes de producción fue la llamada agricultura convertible. Una alternancia entre cultivos y pastos temporales que permitió, gracias a las rotaciones, la ventaja de restaurar la fertilidad del suelo y así como de criar un número mayor de ganado.

Esta innovación productiva, precedente necesario de la industrialización, se dio primero en Inglaterra, la primera nación industrializada del mundo. Este empuje a la producción agrícola y ganadera también implicó en su momento necesidad de más tierra, y ello, de más seguridad. En otras palabras, sin seguridad, no hay desarrollo.

El ya mencionado Hobbes, que es considerado uno de los fundadores de la filosofía política moderna, frente a la posible ausencia de seguridad que debe proveer el Estado, anotó en el Capítulo XIII de su obra Leviatán: “En tales condiciones, no hay lugar para la industria; porque el fruto de ella es incierto: y por consiguiente ninguna cultura de la tierra; ni navegación, ni uso de las mercancías que se importen por mar; ningún edificio cómodo; ningún instrumento para mover y remover cosas que requieran mucha fuerza; ningún conocimiento de la faz de la tierra; sin cuenta del tiempo; sin artes; sin letras; ninguna sociedad; y lo que es peor de todo, continuo temor, y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre, solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve«.

A esta altura debe recordarse que esa seguridad como base y complemento del desarrollo, permitió que se organizaran los ejércitos; estos instrumentos del poder permitían la administración y la seguridad del territorio y de quienes lo habitaban, bajo el estandarte o bandera del gobernante.

En esta rueda de acontecimientos, la conglomeración de gentes en ciudades y la aparición del comercio, acarrearon la necesidad de una protección dentro de las fronteras. En otras palabras, una nueva necesidad de seguridad, ahora sobre la convivencia misma de las ciudades. Así que se desarrolla como respuesta, de parte del estado, unas nuevas fuerzas para mantener orden y bienes.

Por supuesto, la delincuencia enemiga siempre como la que más del desarrollo y la productividad, también se iba poniendo al día en materia de burlar la seguridad y lograr herir la razón misma de estar unidos, la convivencia en paz.

De esta manera, comienza a aplicarse tecnología a la seguridad, pues a medida que crecían las ciudades, era menor la capacidad de reacción de los gobiernos a través de sus cuerpos de seguridad. ¿No es acaso un desarrollo tecnológico aplicado a la seguridad la tranca y el candado? Así, hace siglos entendieron los más avezados gobernantes, que la cosa no era siempre más pie de fuerza.

Newsweek publicó en el 2020, una entrevista a Luis Miguel Dena, uno de los latinoamericanos con mayor conocimiento en materia de seguridad pública y corporativa, en la que desarrolló el concepto sobre qué la aplicación de tecnología en materia de seguridad y para la prevención del delito, es cada vez mayor y más necesaria.

Se trata entonces de inversión en tecnología; mucha de ella, incluso, se puede desarrollar en el país de manera que sea más asequible a los presupuestos públicos de los gobiernos locales, con el fin de cumplir uno de los cometidos de todo gobierno: proteger a los ciudadanos.

Los lamentables hechos que se presentaron en una tercera parte de Colombia en días pasados, con el nombre de “paro armado”, son parte de las situaciones que nos estancan. Este secuestro colectivo y la zozobra que lo acompañó, contrarían la necesidad de mejorar en productividad y competitividad que tenemos en el país según los resultados del Índice de Ciudades Modernas del Departamento Nacional de Planeación, dados a conocer precisamente la semana de los hechos.

El informe invita a entender la dinámica de las economías de escala y los beneficios de la aglomeración, en búsqueda de la competitividad; en ese sentido seguimos lejos en esa materia cuando tenemos, entre otras, que 3 de 4 empleos son de empresas de baja productividad, un ecosistema empresarial poco especializado, y falta de clústeres de alta productividad exceptuando Bogotá, Cali y Medellín.

Sin seguridad no hay desarrollo posible; y no se puede esperar del gobierno nacional que solvente las insuficiencias en materia de productividad y competitividad locales, sin aportar desde las mismas regiones a superarlas. Esperemos que los dirigentes locales entiendan su papel como gestores de los intereses ciudadanos, y se muevan a invertir en tecnología aplicada a la seguridad y la prevención del delito.

BORIS F. ZAPATA ROMERO

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