Boris F. Zapata Romero

Empresa / Desarrollo / Comunidad

El mejor regalo

8-6-22

Para la mayoría, incluso aquellos que aún no tienen hijos, el mayor motivante diario es la posibilidad de darles una vida mejor a los niños. Pero ¿Cuál es ese regalo que podemos dejarles, que trascienda, que sea duradero y que su disfrute sea real? La respuesta es simple: un mundo mejor.

Me imagino que como entre gustos no hay disgustos, también hay diferencias entre lo que cada uno considera que sería un mundo mejor. En primera medida, para mí se trata de que encuentren un entorno más amable, en el que su creatividad, su inteligencia y sus destrezas personales quepan, de manera que puedan con ellas mejorar en algo la vida propia y la de los demás; y así mismo, que sus defectos, debilidades y temores, no sean explotados por otros, sino que al contrario logren atenuarlos, e incluso superarlos a través de la convivencia, la cooperación y la co-creación.

Todo esto, tiene que ver con las formas como los educamos y amamos. Así este sobre entendido, no sobra señalar que los niños que encuentran cariño y estabilidad en sus familias tienen menos probabilidades de experimentar el uso de drogas, el camino de la violencia, o enfermedades de salud mental, como la depresión. Estos hechos están reforzados por una reciente investigación de la Universidad de Columbia, en la que analizaron más de 37.000 niños de 11 a 13 años, de 26 países distintos, en una indagación sobre su bienestar y relaciones familiares.

El resultado, fue que los niños con relaciones familiares más fuertes tienen un 49% adicional de probabilidades de prosperar, que quienes no las tienen. Se trata del sentido de seguridad interna que se les proporciona desde el hogar, que los ayuda a comprender y aceptar quiénes son, para que puedan tener relaciones positivas con ellos mismos y con los demás, y sobre todo, como lo dice el Dr. Matthew Sanders de la Universidad de Queensland en Australia, “desarrollar un sentido de dominio y propósito”.

Es claro que el papel de los mayores es vital, por eso es tan importante que hagamos introspecciones que nos permitan revelar que problemas y cargas del pasado traemos, de manera que no se las “carguemos” a ellos. En estos días tuve que ver como una mamá joven le decía su hija adolescente, que entendiera a las compañeritas porque las mujeres eran unas histéricas cargadas de hormonas. Debo decir que me sorprendió ver que se siga estirando paradigmas como esos en pleno siglo XXI. De mi lado, jamás se me ocurriría decirle a mi hija que, debido a su género, sus capacidades tienen limitación alguna, emocional o intelectual, frente a las de su hermano. Cada uno aporta al futuro a través de sus hijos de una manera distinta.

En segunda medida, un mundo mejor, tiene que ver con la habitabilidad en ciudades realmente empáticas para con quienes viven en ellas; con una interrelación correcta en el sentido de igualdad, e incluso de admiración, con el campo y el campesino, para que se forje un crecimiento realmente sostenible de esa necesaria complementariedad urbano-rural; un mundo en que el consumo de bienes y servicios no perjudique al medio ambiente; en el que movilizarse no sea un problema, sino parte del disfrute del mismo viaje que es la vida; un mundo en el todos cuenten con agua, energía y servicios básicos para el bienestar cómo la educación, la salud, la justicia y la seguridad; un planeta en el que la biodiversidad sea la mayor riqueza que podamos ostentar en Instagram, y en la que la convivencia con plantas y animales encuentre un nivel adecuado, para que sigamos coexistiendo y evolucionando juntos.

Esto segundo frente a nuestros hijos, tiene que ver en cómo los hacemos responsables en términos más positivos y menos cataclísmicos, con el planeta que habitan. Se trata de recordarles de manera constante, que sí efectivamente hay una situación que debemos superar respecto al cambio climático y la incidencia que tenemos todos en lo que está ocurriendo, también debemos hacerles ver que estamos afrontando la situación y que se está avanzando positivamente en cómo nos relacionamos con el ambiente.

En el artículo “How to leave our children a better world” (Cómo dejar a nuestros hijos un mundo mejor), publicado por Forbes y escrito por el ganador del premio Green Book, Michael Shellenberger, se describe muy bien como, por ejemplo, hemos reducido el consumo en pesca silvestre -entiéndase barcos arrasando barreras de coral, y barbaridades similares-, al cultivar los peces, y de paso, elevando su calidad nutricional, o como dejamos de cazar ballenas, tortugas marinas y elefantes para usar su aceite para combustión, al cambiarlo por petróleo y aceite vegetal, y posteriormente por gas natural.

A los niños, hay que dejarles una clara reflexión: a pesar de que falte mucho esfuerzo y conciencia, vamos en la dirección correcta en la protección ambiental, y es gracias a la ciencia y la tecnología que permiten que el uso de los recursos naturales sea mucho más eficiente y amigable con el ambiente; y así mismo, dejarles un reto: que la protección ambiental es una lucha que no se puede dejar de lado, y de la que ellos deben hacer parte.

El mejor regalo para ellos es un mundo mejor. Pero como no estaremos siempre, que bueno que entiendan que el privilegio de ser parte de este, deben agradecerlo, y su mejora, deben construirla también.

BORIS F. ZAPATA ROMERO

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