1-6-22
Hace unos días fui invitado a dar una conferencia en el marco del Día Nacional de la Zootecnia, por la Asociación Nacional que agrupa a estos profesionales en Colombia, ANZOO. Cuando recibí la propuesta, me di por enterado que los motivó un artículo que escribí ya hace algún tiempo publicado en mi blog, que titulé “Una mirada distinta al mar”, así que retomé el tema dándole un enfoque hacia lo que debería ser el uso competitivo del recurso marino pesquero.
Debo anotar de entrada, que la competitividad a la que me refiero no es solo porque tenemos costas sobre el Pacífico y el Caribe, pues aterrizaría en el campo de la ventaja comparativa, lo que es insuficiente. La teoría económica clásica basa las ventajas comparativas de una región, tanto en que existan los factores básicos de producción, como que haya recursos naturales con cierta abundancia y que sean explotables. Pero aquí hablamos de desarrollar ventajas competitivas.
La principal diferencia, es que estas últimas se forjan a partir de la diferenciación del producto y de la reducción de costos de producción; es por eso por lo que para la ventaja competitiva los procesos de I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) son fundamentales, al cimentar los factores especializados que apalancan la competitividad.
Es en ese sentido en el que uso el término competitividad, pues las ventajas competitivas son únicas y muy difícil de replicar, ya que se configuran casi que con exclusividad para responder a necesidades puntuales de un sector productivo, desde el conocimiento y la innovación.
Adentrándonos en la materia, para definir la razón por la que debe tenerse en cuenta el recurso marino pequero como una actividad en la que fijar acciones y asumir retos, encontramos por ejemplo que en el año 2010, se estimó la producción de pescado que sería necesaria para en el 2050 sostener tanto el ritmo del crecimiento demográfico como el número de personas que en situación de hambre y malnutrición en los parámetros mínimos de la Organización Mundial de la Salud – OMS, cifra que se actualizó en el 2016, y que calcula un faltante de 120 millones de toneladas métricas – un aumento de 2/3 partes de la producción actual-.
Así mismo, tenemos que el rango de bienes y servicios que ofrecen los ecosistemas costeros y marinos tienen un valor, con una estimación conservadora, de 2,5 billones de dólares cada año. Por eso dicen que, si los mares del mundo fueran un país, sería la séptima economía más importante del mundo.
De esta interesante cifra, Colombia participa con timidez, entre otras porque es una actividad con escasa industrialización – en lo nacional pues como se ve a nivel internacional es un gran reglón de la agroindustria-, lo que permite cifras de subregistro, ya que se extraen de los datos de desembarco, que son la fuente primaria para conocer el negocio, y al ser una actividad con enorme informalidad, los datos no son los más exactos y confiables.
Pasemos a revisar el caso del camarón, para determinar cómo influye el uso de tecnologías, como el tipo y disponibilidad de embarcaciones, en los resultados de productividad.
Primero, hay que saber que el camarón se clasifica en camarón de aguas someras o CAS, que es la pesca hasta una profundidad de 40 brazas o 72 metros, donde se aprovechan principalmente el camarón blanco o langostino, el camarón tití y camarón tigre, y en camarón de aguas profundas o CAP, que se captura en profundidades mayores a 40 brazas, principalmente camarón pink, camarón coliflor, y camarón café.
Para el caso del camarón de aguas profundas, en el 2017, fue reportado por la flota de arrastre industrial, en el Pacífico que constaba de 25 motonaves, y en el Caribe con 5 embarcaciones, volúmenes de captura de 402,2 y 8,9 toneladas respectivamente (De la Hoz-M. J., otros. 2017). Las conclusiones saltan a la vista.
Con todo y lo rudimentario aún del sector, el valor monetario de los desembarcos, calculado a partir de los precios de primera venta para los desembarcos marinos (litorales Pacífico y Caribe) y para los desembarcos de las cinco cuencas continentales que se evalúan por la AUNAP, tuvo ese mismo año, 2017, una estimación del orden de los 372 mil millones de pesos.
En este punto, hablando de productividad sobre países como el nuestro, es normal encontramos en la contradicción respecto al daño ambiental.
Antes de regresar sobre el punto, deben conocerse cifras como que en tan sólo los últimos cuarenta años, las poblaciones de las especies marinas se han reducido en un 39%, de media, en todo el Planeta, y una de las causas es debido a la sobrepesca, según el informe Planeta Vivo Azul de la WWF; o como que 38,5 millones de toneladas de peces son desechados y arrojados por la borda cada año, en una práctica habitual en la pesca, cuando el total que entra a ser parte de la cadena de comercialización es entre 90 y 100 millones de toneladas, implicando promedios mayores de los de las perdidas en postcosechas agrícolas, que es uno de los retos a superar por los ODS.
La aparente contradicción, surge cuando se conocen números como los ya establecidos de las proyecciones de producción de alimentos, frente a los de pobreza, miseria y hambre, o cuando informes como el del Banco Mundial, titulado “Fish to 2030: Prospects for Fisheries and Aquaculture”, establecen que más de 800 millones de personas dependen total o parcialmente de la pesca, la acuicultura o de sus industrias asociadas, y que en los países en desarrollo esta dependencia es muy significativa si consideramos que tienen el mayor volumen de capturas y de producción mundial ya que emplean al 97% de la fuerza laboral del sector pesquero en el mundo, y de ellos la gran mayoría, el 90%, son pescadores artesanales que no están contratados por las grandes flotas pesqueras. En otras palabras, para todas estas personas, el pescado es base de sus ingresos, y una parte importante de su alimentación.
Así que de lo que hablamos, es de la aplicación de estrategias y técnicas de pesca sostenibles, que no sólo tienen por objetivo maximizar los beneficios a corto plazo, sino también garantizar la conservación a largo plazo de nuestro valioso recurso marino pesquero.
Diciéndolo de otra forma, el reto es investigación, desarrollo e innovación a toda costa, para aprovechar el recurso de manera competitiva y sostenible, lo que conlleva unas altas dosis de innovación y búsqueda del bienestar, por ejemplo, a través de la modernización de la acuicultura intensiva, así como la obtención de nuevas especies para una producción de alimentos que aseguren la rentabilidad del sector, tanto para consumo humano directo, como usos no alimentarios directos.
Se pueden encontrar muchos ejemplos de innovación en la producción animal, y a pesar que se puede argumentar que los procesos de innovación basados en CTI generalmente han llevado a innovaciones más radicales que los procesos DUI – que es el modo Hacer, Usar e Interactuar, o DUI por el inglés Do, Use and Interact-, es importante dejar claro que no se deben dejar de lado los procesos informales de aprendizaje y los conocimientos ancestrales, tanto para apreciarlos y aprovecharlos, cómo para que lo procesos de transferencia a quienes son los protagonistas del sector, sean realmente de provecho en una industria que necesita crecer sosteniblemente.
Es de aclararse, que adoptar procesos de I+D+i para la producción sostenible no implica de entrada grandes inversiones. Un ejemplo de ello es la innovación social aplicada por el Laboratorio de Innovación Pesquera en Bangladesh, que logró tras desarrollar un proyecto sobre el riesgo climático, la exposición y la adaptación con 720 productores, que adoptaran alguna de las 19 adaptaciones diferentes que salieron de ellos mismos, con la orientación de los investigadores, para prepararse mejor frente a las condiciones climáticas extremas.
Aunque finalmente es necesario invertir mucho, debe decirse que las inversiones en ciencia valen la pena; por ejemplo, las innovaciones en tecnologías clave han contribuido a un crecimiento significativo de la productividad en el cultivo de peces como el salmón noruego, cuyo costo de producción ha disminuido a menos del 30% desde fines de la década de 1980, gracias a las muchas innovaciones en alimentos para peces, equipos de alimentación y monitoreo de peces vivos, basado en tecnología de la información, vacunas y genética.
Lo cierto es que, para establecer una ventaja competitiva del uso y aprovechamiento del recurso marino pesquero del país, los procesos de I+D+i son fundamentales, y en ese sentido debemos como nación adentrarnos con más pasión a la investigación básica y aplicada, al desarrollo tecnológico y a la innovación; en este caso, es un mercado asegurado y solícito al producto, al mismo tiempo que un sector que representa un desafío en materia de tecnificación e industrialización, y además una obligación con el mundo.
BORIS F. ZAPATA ROMERO



