Boris F. Zapata Romero

Empresa / Desarrollo / Comunidad

Desviemos rumbo: de la crisis al abastecimiento de alimentos

20-7-22

The Economist, en su portada de esta semana anuncia que la próxima crisis que enfrentará la humanidad es la carencia de alimentos (tituló “The coming food catastrope”). Esta es una conversación que no solo le pertenece a los científicos o los políticos, y nos debe importar e incluir a todos, pues, aunque parezca un lío para que resuelvan otros más capaces, ya somos lo suficientemente maduros para entender que el efecto mariposa es real, y todos estaremos afectados en alguna medida.

El planteamiento con el que quiero iniciar tiene que ver con revaluar la idea que por centurias hemos configurado sobre la relación campo y ciudad – o si lo prefieren: producción de alimentos y centros de consumo–, y parte de la pregunta que todo el mundo llegó a hacerse al pasar un día tras otro en la pandemia, sobre si los alimentos que estaban produciéndose en el campo iban a ser capaces de llegar a las ciudades, ya que el temor al desabastecimiento era el que le seguía en importancia al de ser contagiados.

Revaluar lo que significa la ciudad y su relación con el campo, nos debe llevar a discutir modelos de territorio que se especialicen y complementen vocacionalmente, contrario a la relación perversa, por autodestructivamente desigual, que hoy tenemos.

No se trata de entrar a debatir la idealización de las ciudades como paradigmas del progreso, pero sí de darle su sitio en la complementariedad con la zona rural como productora del alimento. En reciente charla a estudiantes de ingeniería agroalimentaria, presenté un par de fotos superpuestas que comparaban Berlín de 1928 contra 2016, en las que de manera grácil se veía como lo que antes eran granjas y cultivos, pasaba a ser avenidas, calles y unidades habitacionales. Al preguntarles sobre su impresión, en general describieron que eran imágenes bonitas de la transformación de una ciudad.

Sin embargo, la realidad de esa transformación no es tan inocente; lo cierto es que hay una agresión – me permito usar el término para ser tan gráfico como las fotos a las que hice referencia-, pues se tala, se transforman bosques en praderas, se desplaza o elimina a las plantas y animales del ecosistema, se introducen elementos no nativos, se desvían o desecan humedales y cuerpos de agua, se contamina por basuras y lixiviados, en fin. Cuando ves que el proceso fue este, ya piensas mejor sobre qué significó la aparición y crecimiento de la ciudad, y la presión que ejerce a medida que crece, sobre los recursos y la oferta ambiental.

La Misión Rural, un equipo de expertos que se ocuparon de hacer un análisis sobre cuál debería ser la ruta país en términos de políticas y de acciones en desarrollo rural para Colombia, describió de la siguiente manera esa necesidad: “(…) la concepción de nueva ruralidad, que supera la dicotomía rural-urbana y mira más a las relaciones, sinergias y complementariedades que permiten aumentar la competitividad y cerrar las brechas de exclusión de la población rural”. Esa superación amerita entender al territorio en su totalidad, ya que es más que la tierra que la compone, haciendo parte de ella conceptos como comunidad, ancestralidad, cultura, educación y procesos formativos, medio ambiente y procesos productivos.

Este último concepto ligado al territorio es importante, porque supera la noción de cadenas productivas que se usa desde 1957 gracias a los investigadores de Harvard Davis y Goldberg, y que describe lo que va de la producción, a la transformación, a la comercialización y al consumo de un grupo de productos, así como los servicios que soportan estas operaciones (investigación y desarrollo, insumos, servicios financieros, asistencia técnica, etc), pero sin vincular al territorio, y hoy el temor a la escasez, el acaparamiento y la especulación de los alimentos, sumado al temor de inseguridad alimentaria y el aumento de la pobreza, fue, es y seguirán siendo, gracias a esto que llaman la nueva realidad, temas que deben ser enfrentados con atino y prontitud, así que hoy es necesario hablar de circuitos cortos de comercialización.

Un circuito corto de comercialización lo define la FAO y la Cepal, como “una forma de comercio basada en la venta directa de productos frescos o de temporada sin intermediario —o reduciendo al mínimo la intermediación— entre productores y consumidores”. Y esa forma de comercio, en la que el territorio y sus elementos cobran importancia estratégica, fue lo que ayudó a que en medio de la pandemia no se desabastecieran del todo los anaqueles en la ciudades pequeñas e intermedias, y por defecto, fue lo que presiono al alza los alimentos y la escasez de surtido en las aglomeraciones urbanas más grandes.   

Un desarrollo práctico de los circuitos cortos de comercialización, es la adopción del modelo de cuencas agroalimentarias, y para explicarlo tomo este párrafo de la Michigan University, «una definición alternativa es la de un área geográfica que suministra alimentos a un centro de población. Ambas definiciones enfatizan el contexto geográfico de nuestra comida: de dónde viene y dónde termina«, ya que trata de resolver una realidad que después de lo vivido no es sostenible, y lo ejemplariza en que un producto alimenticio dentro de Estados Unidos recorre 1300 millas – casi unos 2000 km- para llegar a la mesa de comprador final, por lo que invita a consumir lo que se produzca alrededor de las 100 millas – unos 150 km-.

Señalo este modelo como práctico, siempre que se atienda los requerimientos de los elementos básicos de la cadena: la producción, la transformación, la logística y el consumidor final. Estos retos pasan por, el equilibrio de la oferta y la demanda, los procesos de logística, la provisión de productos de calidad para poder transformar en productos con calidad, los costos de producción y operación, y la respuesta a la pregunta ¿estoy accediendo a un producto saludable y seguro?, entre otros.

En este punto aparecen con relevancia los elementos ocultos de la cadena productiva, como son la investigación, el desarrollo tecnológico y la innovación, pues es claro que nuclear la oferta y la demanda de alimentos al adoptar el Modelo de Cuencas Agroalimentarias o Food Shed, hace necesario desarrollar ventajas competitivas que permitan que el mercado sea atendido de adentro hacia afuera, de manera que los excedentes reales – aquellos que no pelean de manera alguna con la seguridad alimentaria-, sean vendidos fuera de las cuencas.

Es en esos elementos donde la ciudad complementa a la ruralidad. Son su academia, gremios e institucionalidad, las que deben apalancar el incremento de la productividad, el fortalecimiento de la ciencia, la tecnología y la innovación, la expansión de redes con centro en el consumidor y su bienestar, el rediseño del ordenamiento territorial, y en especial la adopción de una economía basada en la sustentabilidad.

Fortalecer los circuitos cortos de producción y comercialización, como una estrategia que ayuda a que la producción agropecuaria no se detenga, al mismo tiempo que se asegura que los alimentos lleguen a las mesas sin aumento especulativo de precios, es válida y pertinente. El plato está servido.

BORIS F. ZAPATA ROMERO

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